martes, 9 de octubre de 2012

Interludio 3

Nos encontramos con un borracho que había huido de algún problema y nos pidió un euro para hacer una llamada. Nos dijo: “¿Sabes? La Isla del Varón es mía. Ahora es tuya”. Así me convirtió en el dueño de una pequeña isla imaginaria, lo cual parece casi una indirecta.

miércoles, 22 de agosto de 2012

Asfixia


Era un predecible y lento día más en la vida de Tortuga. A mediodía, mientras sus papilas gustativas saboreaban la lasaña precongelada, enviando señales de placer al cerebro, sintió un nudo en el estómago, como si hubiera recibido un puñetazo invisible.

De repente, el plato le pareció un océano, un mundo inabarcable, y la media lasaña que quedaba era como un crucero a punto de hundirse, desde su garganta hasta el recto, por sus entrañas. Ese extraño cambio en el contexto de su vida, fue a causa de un chasquido que notó en su cabeza, como si alguien apagara el interruptor de Coherencia.

Durante toda esa semana fue todo un desafío algo tan inherente a la naturaleza del hombre como es alimentarse. El mero hecho de pensar en la posibilidad de terminar ahogado, con la cara metida en un plato de alubias, o introduciendo un trozo de carne o pescado en su boca le aterrorizaba. Ahora sabía como se siente quien está amenazado de muerte, contando los segundos, a cuentagotas, sólo que con la dificultad añadida de que en realidad sólo tenía una opción encrucijada: morir asfixiado o morir de inanición.

Dos semanas después, tras levantarse una mañana con las tripas rugiendo y quejándose de la carencia alimenticia, se miró al espejo, y con las sábanas pegadas y la piel pegada a los huesos, vió en él al auténtico Jesucristo García. "No hay mal que por bien no venga" pensó. Se sintió entonces potente e invulnerable, a la vez que débil, pues no eran más que los delirios vengantivos, propios de quien no da al cerebro lo que necesita. "Voy a difundir la palabra". -dijo en voz alta, mientras acariciaba la cresta de su iguana que le miraba con indiferencia desde el terrario.

Por algún motivo, escuchó entonces una voz en el cerebro que le hizo una Gran Revelación, la Llave para liberarle de la maldición que lo atenazaba sin sustento. "Estáis gobernados por banqueros, políticos, familias poderosas y multinacionales corruptas. Pero todos ellos son en realidad reptiles con forma humana, vivís engañados, y la matriz de todas estas operaciones de control social se hacen desde el satélite hueco más cercano a la Tierra, la Luna. Ellos vienen de allí y han intentado acabar contigo al estar tan cerca de la Verdad Absoluta".

Esta revelación le llenó de valor y coraje, de modo que se dispuso a descubrir la Verdad, al resto del mundo, el ya había pagado el precio del Conocimiento con su particular via crucis para iluminar al mundo, fuera al precio que fuera. Le tildarían de loco, pero no le importaba.

En estos pensamientos andaba metido cuando se sorprendió a sí mismo degustando un delicioso plato de carne recién hecha. Quitaba las escamas y espinas con fruición, pues estas obstaculizaban el manjar. Al fin y al cabo, no se podía comer un buen filete de iguana asada todos los días.





viernes, 20 de julio de 2012

El tren de su pensamiento

A veces me sorprende cómo cierta gente ya no es sólo incapaz de captar sutilezas o indirectas en una conversación, sino que ya no captan siquiera las frases directas. Tengo un juego con Albino que él no conoce, y que consiste en atraparle en una conversación cíclica. En cuanto me doy cuenta de que me estoy repitiendo, enlazo ese punto con el principio de la conversación y seguimos un rato hablando de lo mismo.

Pongo la mente en automático. Es relajante.

- Es increíble que sigamos haciendo lo que hacemos, ¿no?
- Que no se haya perdido nada. Las mismas cervezas, los mismos lugares.
- Tenemos que viajar más. Barcelona es muy bonita, pero yo me voy a Bilbao.
- ¿Qué hay en Bilbao?
- Gente. Boinas.
- La gente cambia mucho. No puedes fiarte de que todo siga siempre igual. Tarde o temprano tiene que cambiar algo, para mejor o para peor.
- Sí, pero divierte. Tanto si es para bien como para lo otro.
- Todos cambiamos, nos hacemos viejos, nos hacemos diferentes.
- Es increíble que sigamos haciendo lo que hacemos, ¿no?

Es como una especie de eterno retorno nietzcheano, privado de serpientes y metafísica, pero con todo el dolor y machotismo estoico del que detiene una bala de cañón con los abdominales. Porque es su trabajo. No puede hacer otra cosa. Es su esencia, su circuito, su raison d'être.

A veces se me escapa algún gesto que no debería estar haciendo, o me detengo y muevo los labios en silencio como esperando que adivine la siguiente frase, la que ha escuchado mil veces, pero nunca lo hace. Me observa de una forma extraña, como un hamstercillo. Piensa que su dueño está loco, y quizá lo esté.

Porque el delito no está en cruzar las vías del tren de su pensamiento, en hacerle girar y girar durante horas por la misma idea, sobre todo si es una idea que le sangra, que le aterroriza o no comprende.

El verdadero delito es girar con él.


Interludio 2

Le pedimos al tocadiscos que nos pusiese "Bohemian Rhapsody". El volumen fue subiendo. Nos subimos a la tarima con un grupo de jubiladas y lo interpretamos a capella. Fue divertido. Cuando terminamos, apareció Murphy saliendo del baño, completamente borracho, y se enganchó a una de las chicas.
- ¿Cuántos años tienes, guapa?
- Yo ochenta y cinco, hijo.
Se separó de golpe con un escalofrío.


Carry on, carry on, as if nothing really matters.

viernes, 13 de julio de 2012

Vagabundo en un segundo

Tras un fin de semana con nuestro buen amigo Tortuga y su chica en Elche, en el que lo más raro que pasó fue que me lancé a bañarme en una fuente, en un vano intento de recuperar los años perdidos de mi juventud, la experiencia más dramática a la par que didáctica en este viaje fue, precisamente, al final del mismo.

Me dejaba nuestro ángel de la guarda Moreno el domingo por la mañana en la estación de autobuses de Murcia, con un litro de cerveza y el dinero suficiente para poder pasar un típico día de domingo con la familia en la playa. O al menos, eso creía, pues cual fue mi sorpresa al comprobar que me faltaban sólo 25 céntimos para poder comprar el maldito billete. Mientras intentaba dilucidar la manera de conseguirlos, mirando al suelo, ví que no me quedaba más remedio que pedirlo a algún alma caritativa. Tras pedirlos a mi compañero de banco, un chino que o no me entendía o no quería hacerlo, ví como mi mochila, con el litro dentro, se caía al suelo rompiéndose este e impregnando todo, yo incluido, con un hediondo olor a cerveza caliente. Por si fuera poco me hice varios cortes en los dedos sacando los cristales rotos de la mochila y comencé a sangrar. A partir de ahí, y dado mi aspecto desastrado por el fin de semana fuera de casa, junto a mi tez morena, hicieron el resto para que pareciera un auténtico vagabundo.

Por supuesto, con esas pintas, y a pesar de mi lenguaje educado y correcto, la gente empezó a mirarme mal, cuando les explicaba mi situación, que me faltaban 25 céntimos para poder viajar hasta donde estaba mi familia. Mirándolo bien, sonaba poco creíble mi historia. Lo más que me dijeron fue -Más problemas tengo yo, -dijo gruñendo uno de los viandantes que parecía sacado de una película de Torrente.

Así pude sentir en mi propia piel cual es la situación cotidiana de millones de personas, que son miradas como si fueran auténtica basura, despojos sociales por el simple hecho de tener menos papel y hierro en el bolsillo que el resto de personas. Ese es el punto al que la Humanidad ha llegado, o quizás, del que nunca hemos salido.

Por suerte después de toda la coyuntura, al final pude llamar a un amigo que no vivía demasiado lejos y al explicarle mi situación, por lo que enseguida me ayudó. Esa es la delgada línea que me diferenció en aquel momento a mí, de las muchas personas que sobreviven en la calle: tener una red social de amigos o familiares dispuestos a ayudarte cuando haga falta. Es por eso que, valores como la familia y la amistad deberían ser los más preciados, y los que más deberían cuidarse, por mucho que a menudo, sean subestimados. Porque nunca sabes cuando, en un desafortunado segundo, puedes verte tirado en la calle.




sábado, 30 de junio de 2012

Vertedero social

Anoche, contra todo pronóstico, fue una noche mitad interesante, mitad caótica. Una noche más, después de tomar las primeras cervezas y echar unas partidas de billar, alternando miradas furtivas a la felina camarera del bar y su amiga, decidimos salir a ver que nos ofrecía la noche.

Mientras declinaban nuestras peticiones de cerveza nuestros Chinos de confianza, tuvimos que meternos en los aledaños de uno de los barrios más decadentes de la ciudad, e ironías de la vida, justo al lado de la Universidad. Al salir de él nos encontramos al Humphrey Bogart murciano, con un brazo escayolado y contándonos sus anécdotas sobre el atropello hollywodiense que había sufrido. A esas alturas también se nos habían unido Alborenito y Sumidero de Esperanza por lo que la noche prometía ser un soporífero montón de mierda.

Así fue al menos en la primera parte de la noche, en la que, tras acabar con un grupo que podríamos denominar Vertedero Social, todo era una animada cháchara sobre música, informática, Reiki y declamaciones sin sentido por parte de un tipo que es capaz de replegar el universo sobre sí mismo cuando habla con Alborenito y que visto el surrealismo de su conversación, sería el perverso objeto de deseo de Dalí. Su mente estaba deconstruida y hacía mucho calor esa noche como para que pudiera soportarlo demasiado tiempo.

Al poco de la animada cháchara vino una chica con aire agitado e insinuándose eróticamente al personal por un cigarrillo y un paseo. Tras prometer matrimonio a uno y una felatio buccae a otro, llegó su novio enfurecido. Comenzaron a discutir airadamente y vista la tensión y agresividad en la pareja, casi todo el grupo se movilizó para actuar en caso de que fuera necesario. Todos menos Sumidero de Esperanza que continuaba mirando al suelo y mascullando dos o tres palabras sin sentido para sí mismo.


¡Yo soy un hombre de acción! Dijo por su parte, el hombre de 30 años vestido como un adolescente tipo Avril Lavigne.


Pasada la falsa alarma, la conversación derivó hacía el Reiki y las formas de energía corporal en este  variopinto corrillo. Le pregunté a Alboreno que opinaba de ello y su respuesta copó mis expectativas: una puta mierda. Luego Alborenito me preguntó "señor abogado, ¿qué opina usted de la energía corporal? Los abogados sólo entendemos de dinero y mentiras-respondí. Algunos miembros del grupo gorjearon divertidos.

Tras un pequeño interludio la energía del grupo se estaba acabando así que decidimos marcharnos con la maniobra de escapada habitual. Tras dejar a Alborenito sano y salvo en casa, con su pijama de conejitos y el cuento de Rosenrot en el pecho, Alboreno y servidor nos fuimos a la Catedral a por algo más de alcohol para matar la noche.

El último tramo de esta noche infame, se disolvió en un tranquilo jardín para noctámbulos, conversando mientras veíamos como un pequeño gato negro afilaba sus armas cazando cucarachas. Aunque no lo parezca ahí empezó lo mejor de la noche: aprendí sobre sustancias nucleares y radiactivas, sobre la efedrina y su utilidad, sobre mentiras y verdades del coaching y la PNL, enfermedades mentales, amor y filosofía de vida. Con sólo esa parte de noche me hubiera quedado satisfecho. Es por eso pienso que a veces, tenemos que saber elegir bien con quién estamos. Por eso me agradezco a mí mismo la suerte de, por encima de toda la pobredumbre mental imperante en la noche, haber conocido a este gran tipo que es el Moreno.



jueves, 17 de mayo de 2012

Interludio

Ella dijo: “La camisa”. Albino se la quitó despacio. Luego dijo: “La falda”. Dos dedos y cayó al suelo. “Los panties, el sujetador... todo”. Albino se lo quitó todo. “No quiero volver a verte con mi ropa nunca más”. “Sí, mamá”, dijo Albino.





El verano de los despechados

La última vez que acabé despechado me vieron llegar al piso del Chivo con veinte litros de cerveza diciendo: "Esta noche no se va nadie". Nos los bebimos, ligamos a cinco bandas con una pianista vestida de rojo, Murphy se tuvo que despegar de la oreja a un cantante de jazz que le susurraba baladas al oído, Albino se rebautizó a sí mismo con un cubata, el Chivo se hizo cargo de un inmigrante que le vomitó encima a la susodicha de rojo y yo traté de sobornar al portero de la Parissiéne, el local más pijo y refinado de varios kilómetros a la redonda, con un puñado de monedas de céntimo.

La anterior fue la del Bretón, que se vino con el coche a la casa de cada uno dando pitidos y nos metió en un viejo cortijo en pleno campo. Cazamos conejos por lanzamiento de cuchillo, meamos en una cueva de lobos, el Chivo nos salvó de un incendio de barbacoa con el extintor del coche, Murphy se folló un peluche, el Bretón estrelló su coche contra un almendro creyendo que conducía un tanque, bailé la jota en el tejado, estuve a punto de escoñar a alguien con un trozo de techo desprendido y, por último, un baño de Albino en pelotas junto al aljibe mientras los de la grúa intentaban mirar para otro lado.

Ya es una convención social que si una relación acaba, hay que emborracharse y hacer locuras como si no hubiera mañana. Todo porque dicen que el alcohol hace olvidar. Lo malo es que nunca se olvida lo que realmente se quiere olvidar, por mucho que sigas y sigas.

Recuerdo aquella en la que acabé ligando y a las siete de la mañana la dejé para acompañar al Chivo a la universidad, dándole hostias en el muslo y gritándole: "¿¡Por qué no follas!? ¿¡Por qué no follas!? ¡Follar es la polla!". Tuvimos que seguir de fiesta esa noche, en un antro infernal (más de cuarenta grados) jugando al futbolín con unas lesbianas a las que Murphy les tiraba los tejos y bebiendo cerveza de una bota de militar.

- Éstas caen, Bretón, te lo digo yo.
- Les gusta el fútbol más que a mí.
- ¿A que mola?

Le dejaron mirar, pero aunque reconoció que no había sido tan interesante como imaginó al principio, tuvimos que salir por tercera vez de fiesta despechada. "Esta noche a pajas todos", dije, y Murphy se lo tomó a pecho; el Chivo se peleó con uno que tenía la perilla más larga que él y Albino mantuvo una interesante conversación con un espejo que nos tuvo hipnotizados durante hora y media. Por desgracia, ninguno recuerda el tema de la conversación. Aunque todos coincidimos en que fue lo bastante absurda como para estar a punto de romper las leyes de la lógica e implosionar el multiverso.

Desde entonces, le mantenemos alejado de toda superficie reflectante.

domingo, 29 de abril de 2012

Ojo Seco

Ojo Seco era un chico tímido y miedoso, que siempre respondía a las interpelaciones de sus amigos como si jugara un partido de tenis. Como digo, una de sus mayores cualidades era tener miedo, aunque él no era muy consciente de ello. Miedo a estar sólo, miedo a acabar en la cárcel, miedo a quedarse ciego...e incluso miedo a animales salvajes como las palomas y las tortugas. No hace falta ser muy avispado para darse cuenta de que el tipo en cuestión, era un tanto peculiar.                                            

No obstante O.S tenía buen corazón. Procuraba ser simpático con todo el mundo, alegrarse de las pequeñas cosas que le regalaba la vida y levantarse tras cada caída que sufría. En cualquier caso el chico no era de piedra y los pequeños golpes que le iban dando sus congéneres, y a los que resistía, eran como un incensante y lento goteo que salpicaban, hasta crear una laguna, en el vaso de su paciencia. El agua de ese vaso estaba verde, llena de ira, frustración y deseos de venganza, pero él no quería asumirlo, porque en el fondo, sabía que era buena persona. Sin embargo, también sabía que su resistencia podía acabar algún día saltando, como una bomba de relojería, cuando ante cualquier estímulo, por imprudente que fuese, cortara el cable rojo.

Aún así no deseaba hacer daño a nadie.

Lo que no sabía Ojo Seco -así es como sus amigos le llamaban- era que sólo había una forma de evitar la vorágine de dolor y soledad hacia la que se precipitaba descontroladamente.                                           

Toda su vida había deseado no ser "como los demás", esa mierda de tener la típica y anodina vida corriente, pero contemplaba como con el paso de los años, sus peores presagios se convertían en realidad. Esta tendencia socionegativa y los miedos le atenazaban y lo recalcitraban por dentro.


No obstante, un día, en un instante de soledad, un rayo de luz translució en su nublada mente. O se enfrentaba cara a cara a sus miedos y a todo aquello en lo que odiaba convertirse, o se vería abocado, por el cauce irreductible al que le abocaba su propia vida, a ese destino fatal.


Y entonces, se miró en el espejo.












miércoles, 21 de marzo de 2012

Alborenita Roja


Había una vez una cosita blancuzca en un pueblo, la más extraña que jamás se hubiera visto; su madre Chovina estaba tan embobada con ella que hasta le hacía dedillos de cuando en cuando, para que no se le pusiese demasiado hiperactiva, que luego se iba corriendo al monte y volvía tiznada. Su yaya la llamaba Alborenita con los otros niños para reírse de ella en su cara.

Un día Chovina, sabiendo que la vieja estaba enferma, sola en casa y sin dinero, tuvo una idea.

- ¡Tía, tía, tengo una idea! -exclamó a los cuatro vientos. Uno, dos, tres, cuatro.
- ¿No será la de lanzarme más gatos al pecho? -preguntó Alborenita.
- Bueno, tengo dos ideas: vas a coger estas mierdas pinchadas en palos y se las vas a llevar a tu abuela para que las venda y así pueda comprar antibióticos fabricados con plantas de las que se encuentran gratis en el monte.
- ¿Pero eso no creará una burbuja económica que acabe criminalizando la recolección de plantas silvestres?
- Mis libros de autoayuda dicen que no -replicó Chovina.
- Pues nada.

Alborenita salió pegando saltitos y tapándose las narices con el olor a mierda, hasta que entró en un bosque y se encontró un ciervo muerto en el camino.

- ¡Qué bien! ¡Voy a jugar a la salchica en busca de ketchup!
- No me guarrées la cena, niña -dijo el lobo Ralvok.
- Sólo era hasta que nunca he tenido mientras antes, ¿qué?
- ¿Qué?
- ¿Quieres una mierda?
- Por alguna razón estoy pensando en comerme a tu abuela -comprendió el lobo.
- Gracias, vive ahí. Im Nächstem Haus... ¡¡¡ICH GLAUBE!!!!

El lobo cogió el atajo, sintiéndose un poquito violado. Alborenita, ahora roja, se fue por el camino largo señalando cosas porque jugaba a ser un rey anacrónico en una sociedad posinformatizada.

Una vez en la cabaña, el lobo se atusó el bigote, se llenó el pelo de saliva, y se preparó para impersonar su mejor versión dandística de sí mismo. "Una moza es una moza", pensaba el lobo. Pero al abrir la puerta se encontró un adefesio tal que competía en fealdad consigo mismo. El lobo Ralvok se espantó tanto que le gritó a un tipo que pasaba por allí que la matase.

- ¿Y por qué voy a matarla yo? -dijo el tipo.
- Porque así no es delito, soy abogado -dijo el lobo.
- Ah, entonces feliz.

Aún estaba recogiendo los pedazos de la abuela y limpiando la sangre cuando Alborenita se coló en la cabaña y de un salto se metió en la cama de la abuela.

- ¡Es mi hora de la siesta! -dijo Alborenita.
- ¡Pero si aún no me he puesto el disfraz!
- ¡Tu dios no existe y los disfraces son para reprimidos sexuales!
- ¡Boca más grande tienes!
- ¡Es para comerte mejor!

Y se lo comió.






Ah, sí:

FIN

jueves, 15 de marzo de 2012

Vueltas de rojo brillante

Entramos en una discoteca repleta de luces azules y negras que hacían brillar nuestras camisas y los pelos de Albino. Chivone estaba optimista. “Esta noche ligas, Albino, ya vas a ver, le vas a tirar a todas hasta que alguna caiga”. Me rebusqué en los bolsillos y me saqué un condón. Era grande y la funda de color rojo brillante. Albino se lo guardó. Parecía nervioso, no paraba de restregarse unos dedos con otros.

- ¡Esas de allí! ¡Es tu oportunidad!
Chivone señaló a un grupo de chicas en una esquina. Una de ellas estaba un poco apartada y colocando las chaquetas de las otras.
- ¿Y qué les digo?
- ¡Cualquier cosa!

Le pegamos un empujón y fue hacia la chica separada, preparando su triunfal primera impresión.

- ¿Hola? ¿Te gustan las chaquetas?
Ella no escuchó, afortunada.
- ¿Tienes pinta de estudiante?

Se pusieron a hablar de sus carreras y de la universidad. La cosa parecía ir bien, aunque Albino temblaba de nervioso conforme ella se iba acercando a él. Albino metió la mano en el bolsillo y sacó el condón. Empezó a darle vueltas de rojo brillante entre los dedos.

Albino violando a una fotógrafa con la mente- En las universidades deberían poner una sala de siestas -continuó Albino-, como en las guarderías, que si entras por la mañana y tienes que quedarte todo el día haciendo trabajos o prácticas, después de comer apetecen un par de horitas.

La chica se reía, pues creía que Albino estaba bromeando, y sus amigas atrás también se reían, pero porque veían el condón dar vueltas fuera de la línea de visión de ambos.

Al final fue el mismo Albino el que pidió que le invitasen a una copa, y la chica incluso había accedido, pero al separarse y ver el condón entre las manos exclamó “¡Oh, dios!”. Albino seguía con su cara de inocentón nervioso y sonriente porque no sabía lo que se traía entre manos.

¡PLAF!

La bofetada lo tiró al suelo y se oyó hasta fuera. La chica se marchó indignada. Nosotros nos acercamos a ayudarle.

- Quien no llora no mama -dijo.

miércoles, 7 de marzo de 2012

El Hombre Flor II. Pies de cerdo

Lo siguiente que recordaba nuestra bella Margarita Alboreno, después de su primera gesta pública era que se encontraba sentado y aturdido, en un cuarto bastante oscuro, frente a dos policías muy atractivos. Tenía que salir de allí lo antes posible.

-¿Cómo te llamas, colgao?

-Depende...¿cómo quieres que me llame?

-Joder...con la locura que has hecho te vas a tirar bastante tiempo entre la cárcel y el manicomio. ¿Por qué hiciste eso?

-Eh eh un momento. Para el carro. Muchas preguntas. ¿Quiénes sois tú y tu amiguito? y sobre todo...¿dónde está mi abogado? No diré nada sin él delante.

Esa era la primera lección que Alboreno aprendió que debía a decir cuando conoció, en un bar de ambiente, a su buen amigo y abogado, Neethoven. No sabía su verdadero nombre, era el nick que usaban para hablar por internet y cuando quedaban para echar algún que otro caliqueño a oscuras. El misterio de no saber su nombre le ponía cerd@.

-¿Tienes su número?-dijo el agente silencioso

-Necesito internet.-repuso Alb.

-Joder con el colgao este, nos va a dar más quebraderos de cabeza de los que pensábamos. ¡No hay internet, capullo!

-Si que hay. Consíguelo.

Una de las mayores fantasía florero-sexuales de Alb era montárselo en un cuarto oscuro con dos policías cachas y esta parecía una oportunidad inmejorable.

Fue por eso que Albi, convencida de su sex appeal innegable, miró con ojitos de cordero al agente más callado y le acercó la mano a la bragueta para hacerle suyo y recibir lo propio de aquellos Guardianes de la Ley. Por el contrario, recibió en contraprestación una paliza antológica de los policías que hartos de aquel psicokiller, veían que no iban a sacar nada en claro.

Afortunadamente y pese a las heridas, su amigo Neethoven, había visto en televisión la ida de pinza de su amigo telesexual y tirando de algunos contactos del mundo jurídico, llegó hasta la comisaría Central donde estaba recluida la floral princesa.

Cuando llegó y vió el estado físico deplorable en que había quedado su amig@, tirado en un rincón de aquel cuartucho, sólo pudo echarse a llorar.

-¡¿Pero que te han hecho esos salvajes?!http://www.blogger.com/img/blank.gif

-Déjame, no me mires. Estoy bien.

-Voy a joder a esos hijos de puta. Tu tranquilo, de esto me encargo yo.

-Bésame.

Entonces el sensible abogado, compungido, se abrió la cremallera del pantalón y allí mismo, la inexperta y triste flor le practicó una fellatio buccae a modo de honorarios. Ese fue el único momento en que los policías desearon no estar detrás del espejo tintado.

viernes, 2 de marzo de 2012

El Hombre Flor

Como cada mañana, Alboreno, se atusaba los pétalos mientras se miraba somnolienta en el espejo. Tenía 32 años y aunque para ser una florecilla era algo mayor, estaba contenta con su vida. Desde la cocina se desprendía el olor a tortitas y mermelada con que su madre le preparaba, cariñosamente, el desayuno.

Él, como una gatita ronroneante merodeó la cocina en busca de su presa. Aunque era una flor bastante espinosa, estaba dispuesto a encontrar una abeja que finalmente le polinizara. Hasta ahora, por mucho perfume y feromonas, e incluso provocaciones explícitas de las que había hecho gala, otrora, no le había sido posible encontrar a su medio bulbo. Su flor permanecía intacta, lo lógico pues al fin y al cabo, su naturaleza asexual le impedía que alguien le desflorara. Pero nuestra dulce flor no cejaría en su empeño hasta conseguirlo.

Otra noche más tirada a la basura. -pensó.

Junto a los cereales, aprovechando que su madre no miraba, regó el bol con un combinado de zumo de cebada con hidromiel que había fabricado ella misma y le llevó nuevamente al éxtasis. Tras caer al suelo, con sus 122 kilos de tallo, soñaba que tenía lianas, 3 en concreto, y que con ellas podía enredar a quien quisiera y por ende, ser enredado a través de sus enormes poros negros.

Aunque tenía pinta de delincuente callejero o de abertzale retirado, según las opiniones, los vecinos le tenían en estima. Era una flor emprendedora, aunque no había tenido mucha suerte en sus pequeños empleos nocturnos. Nadie entendía las pretensiones de belleza, libertad y surrealismo que embargaban su mente floral.

Quizás fue el objeto de esa incomprensión supina, o quizás el efecto de la nandrolona con el combinado alcohólico-energético el que le llevó a tomar una decisión. -"O cambia el mundo o cambio yo"-pensó. "Qué cojones, yo soy perfecta, debe cambiar el mundo".

Y así fue como, en una bonita mañana soleada, primaveral, nuestra dulce flor cogió la escopeta recortada de su papá Elm y decidió salir a la calle a repartir justicia divina, en nombre de Artemisa.

Veinte minutos más tarde, y con los pétalos blancos manchados por el baño de sangre que había dejado tras de sí, Margarita Alboreno decidió que había hecho suficiente por hoy, estaba cansada, y para acelerar su fotosíntesis, se encendió un cigarrillo mientras tiraba la Escopeta Justiciera al suelo, ante la atónita mirada de los agentes de la Policía Nacional que, indecisos, le apuntaban a la flor de la cabeza.

jueves, 26 de enero de 2012

Para engendrar varones, vamos a la cocina (II)

A la mañana siguiente, la magia había empezado. Sobre el mosto había salido una capa espesa y de color verde. En el interior había como unos hilillos blancos que parecían moverse.

- ¿No te habrás corrido dentro? -le dije a Chivone.
- Da mucho asco.
- Luego lo filtramos.

Lo dejamos reposar un mes. La capa verde se había hecho muy espesa. No teníamos ni filtro para café, así que lo hicimos con un simple colador, muchas veces. Sobre la superficie habían quedado coágulos, como de sangre, pero amarillos. Cuando conseguimos dejarlo medianamente limpio lo metimos al frigorífico.

- En cuanto esté frío nos lo bebemos.
- ¿Aguantará tanto tiempo?
- Es un piso de estudiantes.

Aguantó, porque mientras estábamos esperando a que se enfriase vinieron unas chicas de otra historia que ya contaré, y estuvimos ocupados durante varios días.

Cuando por fin me vi en casa, eché un repaso al libro que había leído sobre la fermentación. No me enteraba mucho: con la resaca que llevaba me pareció entender que la espuma tendría que haber sido gris. Pasé un par de páginas, mareado, y vi las palabras “verde” y “amoníaco” en el mismo párrafo.

- Mierda -dije.

Intenté llamar a Chivone pero no lo cogía, y los demás aún no habían tenido tiempo de pillar el segundo tren.

Cogí el coche y lo puse a 200. Como aún no le he instalado las luces llevaba la ventana bajada y gritaba “¡Emergencia! ¡Emergencia!”. Cuando llegaba al portal me subí a la acera y salí corriendo los tres pisos. Tengo que ponerme en forma. Aporreé la puerta hasta que abrió Chivone. Llevaba un vaso en la mano con un líquido amarillo. Se lo tiré de un manotazo.

- ¡Mi cerveza!

Abrí el frigorífico y saqué la garrafa. Quité el tapón y empecé a tirar el contenido al fregadero.

- ¡Es amoníaco! -grité.
- ¿Pero emborracha?

Y así fue como salvé la vida a mis colegas después de haberles puesto previamente en peligro.

Al volver al coche, tenía multa.

miércoles, 25 de enero de 2012

Para engendrar varones, vamos a la cocina (I)

Todo el mundo sabe que los dioses beben hidromiel y, como aprendimos por una de las películas favoritas de Ralvok, “Los Cazafantasmas” (si lo niega, matadle), cuando uno te pregunta si eres un dios, tienes que responder que sí.

Para Chivone era un experimento económico, de los que tanto le gustan: la posibilidad de escapar al yugo de las multinacionales fabricando nuestra propia bebida alcóholica, una ‘cash cow’ olvidada y una vía de negocio en la que dar rienda suelta a sus lascivias empresariales.

En mi caso, era una forma de ejercer la libertad spinoziana, utilizando las capacidades de mi mente racional para doblegar las leyes de la química y la biología a mi antojo en la elaboración de un constructo que, además, me emborracharía.

Albino es que se apunta a todo.

Una tarde me acerqué por el piso con la misma cantidad de agua que de cerveza, raro en mí. También llevaba miel y globitos de colores. Ralvok y Albino se hacían cosquillas en uno de los sillones. Les lancé un par de latas y me abrí otra.

- ¿Para qué es el agua?
- Para engendrar varones -le respondí-, vamos a la cocina.

Había sacado la receta de un par de foros y la había aliñado con un par de videos demostrativos. Calentar el agua hasta que rompa a hervir, dejar que se enfríe un poco para que no caramelice, añadir la miel y el azúcar y remover. Abrí el frasco de especias de Chivone. La maricona tenía de todo. Eché una pizca de sal, algo de pimienta, nuez moscada, y piñones. “Dicen que ayuda”. Luego saqué la levadura, pero le eché un vistazo antes a la caja.

- Mierda, es química -exclamé-. Ácido tartárico y bicarbonato. ¡Necesitamos bichos!
- ¿Eso significa que no lo podemos hacer?
- Ni hablar. Dame pan, dame vino.

Chivone trajo ambos. Eché un poco de vino y el pan desmigado. Con un poco de suerte pillaríamos algo de sacharomices cerevisae y el cultivo funcionaría. Luego pedí un recipiente grande, a ser posible de vidrio, pero sólo había una garrafa de plástico. “Servirá”.

- Dicen que tomándose una pastilla de estos bichos al día te crecen el pelo y las uñas.
- ¿Me podría crecer a mí? -preguntó Chivone.
- Quién sabe.

Al terminar, Albino pinchó un globito y lo pusimos sobre la garrafa para que el aire pudiese salir pero no entrar. Respiración anaeróbica. Pusimos un poco de la mezcla en el congelador: estaba rico. Ralvok compró más cerveza y nos fuimos de fiesta. Hubo batalla de globos de agua. La garrafa, con el globito pinchado de Albino, se quedó junto a la lavadora esperándonos cual perrito pulgoso.

martes, 24 de enero de 2012

Me lo agradecereis, cabrones.

Hola, en primer lugar quiero dar las gracias a todos los que han hecho posible que este sea el recipiente de ideas donde un peculiar trío de buscavidas murcianovascoandaluz, limpiemos nuestras conciencias, que un poco más sucias que el día anterior pero menos que el siguiente, esconden en el aire sus recuerdos. Me parece una infamia dejar en el olvido estas noches dadaístas en busca de fortuna y borrachera, en las que, una vez más, intentamos conquistar el mundo con un litro en la mano.

Si no fuera por esto, todas las cosas kafkianas, albertianas, peculiares y que nadie creería que nos pasan, se perderían indolentemente. Aquí podréis -intentar- adivinar la personalidad de tres mentes preclaras, que darán mucho que hablar en el futuro. Por eso, estad atentos a las crónicas de sucesos.

En resumen, gracias Internet.