Tras un fin de semana con nuestro buen amigo Tortuga y su chica en Elche, en el que lo más raro que pasó fue que me lancé a bañarme en una fuente, en un vano intento de recuperar los años perdidos de mi juventud, la experiencia más dramática a la par que didáctica en este viaje fue, precisamente, al final del mismo.
Me dejaba nuestro ángel de la guarda Moreno el domingo por la mañana en la estación de autobuses de Murcia, con un litro de cerveza y el dinero suficiente para poder pasar un típico día de domingo con la familia en la playa. O al menos, eso creía, pues cual fue mi sorpresa al comprobar que me faltaban sólo 25 céntimos para poder comprar el maldito billete. Mientras intentaba dilucidar la manera de conseguirlos, mirando al suelo, ví que no me quedaba más remedio que pedirlo a algún alma caritativa. Tras pedirlos a mi compañero de banco, un chino que o no me entendía o no quería hacerlo, ví como mi mochila, con el litro dentro, se caía al suelo rompiéndose este e impregnando todo, yo incluido, con un hediondo olor a cerveza caliente. Por si fuera poco me hice varios cortes en los dedos sacando los cristales rotos de la mochila y comencé a sangrar. A partir de ahí, y dado mi aspecto desastrado por el fin de semana fuera de casa, junto a mi tez morena, hicieron el resto para que pareciera un auténtico vagabundo.
Por supuesto, con esas pintas, y a pesar de mi lenguaje educado y correcto, la gente empezó a mirarme mal, cuando les explicaba mi situación, que me faltaban 25 céntimos para poder viajar hasta donde estaba mi familia. Mirándolo bien, sonaba poco creíble mi historia. Lo más que me dijeron fue -Más problemas tengo yo, -dijo gruñendo uno de los viandantes que parecía sacado de una película de Torrente.
Así pude sentir en mi propia piel cual es la situación cotidiana de millones de personas, que son miradas como si fueran auténtica basura, despojos sociales por el simple hecho de tener menos papel y hierro en el bolsillo que el resto de personas. Ese es el punto al que la Humanidad ha llegado, o quizás, del que nunca hemos salido.
Por suerte después de toda la coyuntura, al final pude llamar a un amigo que no vivía demasiado lejos y al explicarle mi situación, por lo que enseguida me ayudó. Esa es la delgada línea que me diferenció en aquel momento a mí, de las muchas personas que sobreviven en la calle: tener una red social de amigos o familiares dispuestos a ayudarte cuando haga falta. Es por eso que, valores como la familia y la amistad deberían ser los más preciados, y los que más deberían cuidarse, por mucho que a menudo, sean subestimados. Porque nunca sabes cuando, en un desafortunado segundo, puedes verte tirado en la calle.
Me dejaba nuestro ángel de la guarda Moreno el domingo por la mañana en la estación de autobuses de Murcia, con un litro de cerveza y el dinero suficiente para poder pasar un típico día de domingo con la familia en la playa. O al menos, eso creía, pues cual fue mi sorpresa al comprobar que me faltaban sólo 25 céntimos para poder comprar el maldito billete. Mientras intentaba dilucidar la manera de conseguirlos, mirando al suelo, ví que no me quedaba más remedio que pedirlo a algún alma caritativa. Tras pedirlos a mi compañero de banco, un chino que o no me entendía o no quería hacerlo, ví como mi mochila, con el litro dentro, se caía al suelo rompiéndose este e impregnando todo, yo incluido, con un hediondo olor a cerveza caliente. Por si fuera poco me hice varios cortes en los dedos sacando los cristales rotos de la mochila y comencé a sangrar. A partir de ahí, y dado mi aspecto desastrado por el fin de semana fuera de casa, junto a mi tez morena, hicieron el resto para que pareciera un auténtico vagabundo.
Por supuesto, con esas pintas, y a pesar de mi lenguaje educado y correcto, la gente empezó a mirarme mal, cuando les explicaba mi situación, que me faltaban 25 céntimos para poder viajar hasta donde estaba mi familia. Mirándolo bien, sonaba poco creíble mi historia. Lo más que me dijeron fue -Más problemas tengo yo, -dijo gruñendo uno de los viandantes que parecía sacado de una película de Torrente.
Así pude sentir en mi propia piel cual es la situación cotidiana de millones de personas, que son miradas como si fueran auténtica basura, despojos sociales por el simple hecho de tener menos papel y hierro en el bolsillo que el resto de personas. Ese es el punto al que la Humanidad ha llegado, o quizás, del que nunca hemos salido.
Por suerte después de toda la coyuntura, al final pude llamar a un amigo que no vivía demasiado lejos y al explicarle mi situación, por lo que enseguida me ayudó. Esa es la delgada línea que me diferenció en aquel momento a mí, de las muchas personas que sobreviven en la calle: tener una red social de amigos o familiares dispuestos a ayudarte cuando haga falta. Es por eso que, valores como la familia y la amistad deberían ser los más preciados, y los que más deberían cuidarse, por mucho que a menudo, sean subestimados. Porque nunca sabes cuando, en un desafortunado segundo, puedes verte tirado en la calle.
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