domingo, 28 de julio de 2013

Pacta sunt servanda

Siguiendo la Vieja Tradición de los títulos que nada tienen que ver con el contenido, pongo arriba mi pequeña aportación a la causa.

Sin más prolegómenos pasamos pues a la cuestión que quiero exponer hoy: los gordos.

Como ex-gordo y como gordo en ciernes, tengo mucho que decir sobre este tema. A menudo tengo la sensación, sobre todo con gente del Sur, que se encuentran mucho más alterados y preocupados que yo mismo con mi propia gordura. Y te lo hacen saber. Te indican preocupados que estás engordando o que has llegado a esa fase en la que puede decirse que has entrado en el Club de los Gordos.

Y lo mejor, o lo peor según se vea, es que a mí no me preocupa. Quizá sea por los precedentes, cuando ya pude superar con creces este problema de sobrepeso, o quizás sea la despreocupación de la edad, en la que, joven aùn, parece que queda todo el tiempo del mundo por delante para ganarle esos kilos de más con que te acusa la báscula, y la gente.

Pero la doble cuestión de fondo que quiero tratar es la siguiente: por un lado, la ya consabida cultura de la imagen que se ha inculcado a golpe de anuncio en nuestra sociedad y está tan enraizada que prevalece sobre la propia persona, sobre su esencia. Por otro lado, la presión social inducida para que te ajustes a los cánones socialmente aceptables. Es curioso lo que puede hacer, consciente o inconscientemente, tu propio entorno, para que rebajes unos cuantos kilos sobrantes. Tal es la misma que parece que los tuvieran ellos. En ese sentido, y sin ánimo de condescendencia, los compadezco.

Yo me siento bien tal como estoy sobre todo por el hecho de ser yo mismo, esa libertad de ser y decidir, es algo que no se debe perder. Porque se empieza comenzando a ser como la gente quiere que seas físicamente y terminas pensando como la masa social, los poderes fácticos o lo que cojones sea quiera que pienses. Así es la Colmena.

En cualquier caso, yo ya tengo la respuesta perfecta a mi próximo inquisidor lipídico: ser gordo es la mejor garantía de que quien tenga una relación conmigo sea por mi personalidad, por mí forma de ser, y no sólo por mi físico. El resto de la gente, no me interesa.

martes, 19 de febrero de 2013

El Manías

El muchacho estaba ahí sentado, al lado mía, mirándome con una sonrisa ciertamente malévola. Yo, que siempre he sido una persona abierta, me acerqué a él y comencé a darle conversación. Es lo mínimo que puede hacerse a quien siempre te acompaña, tanto en las buenas como en las malas.

Mis amigos, mientras tomaban su zumito de naranja, empezaron a mirarme extrañados. Al menos yo sentía que ellos notaban algo raro. No sé... "¿Has pensado alguna vez en coger los lápices y largarte de aquí, dejar a todos estos tontos? inquirió el Manías con una sonrisa propia del más escalofriante Smigol. Era un chico algo excéntrico pero sabía que en el fondo era buena persona.

"No sé", respondí. Me estaba incomodando, y no quería que me dejara mal delante de mis amigos de clase, así que le grité que se fuera. Eso fue la gota que colmó el vaso. La profesora me miraba con una mueca indescifrable para mí.

"Vale, vale...ya me voy, ya..." dijo con una sonrisa burlona el manías, mientras se rascaba compulsivamente la cabeza.




martes, 9 de octubre de 2012

Interludio 3

Nos encontramos con un borracho que había huido de algún problema y nos pidió un euro para hacer una llamada. Nos dijo: “¿Sabes? La Isla del Varón es mía. Ahora es tuya”. Así me convirtió en el dueño de una pequeña isla imaginaria, lo cual parece casi una indirecta.

miércoles, 22 de agosto de 2012

Asfixia


Era un predecible y lento día más en la vida de Tortuga. A mediodía, mientras sus papilas gustativas saboreaban la lasaña precongelada, enviando señales de placer al cerebro, sintió un nudo en el estómago, como si hubiera recibido un puñetazo invisible.

De repente, el plato le pareció un océano, un mundo inabarcable, y la media lasaña que quedaba era como un crucero a punto de hundirse, desde su garganta hasta el recto, por sus entrañas. Ese extraño cambio en el contexto de su vida, fue a causa de un chasquido que notó en su cabeza, como si alguien apagara el interruptor de Coherencia.

Durante toda esa semana fue todo un desafío algo tan inherente a la naturaleza del hombre como es alimentarse. El mero hecho de pensar en la posibilidad de terminar ahogado, con la cara metida en un plato de alubias, o introduciendo un trozo de carne o pescado en su boca le aterrorizaba. Ahora sabía como se siente quien está amenazado de muerte, contando los segundos, a cuentagotas, sólo que con la dificultad añadida de que en realidad sólo tenía una opción encrucijada: morir asfixiado o morir de inanición.

Dos semanas después, tras levantarse una mañana con las tripas rugiendo y quejándose de la carencia alimenticia, se miró al espejo, y con las sábanas pegadas y la piel pegada a los huesos, vió en él al auténtico Jesucristo García. "No hay mal que por bien no venga" pensó. Se sintió entonces potente e invulnerable, a la vez que débil, pues no eran más que los delirios vengantivos, propios de quien no da al cerebro lo que necesita. "Voy a difundir la palabra". -dijo en voz alta, mientras acariciaba la cresta de su iguana que le miraba con indiferencia desde el terrario.

Por algún motivo, escuchó entonces una voz en el cerebro que le hizo una Gran Revelación, la Llave para liberarle de la maldición que lo atenazaba sin sustento. "Estáis gobernados por banqueros, políticos, familias poderosas y multinacionales corruptas. Pero todos ellos son en realidad reptiles con forma humana, vivís engañados, y la matriz de todas estas operaciones de control social se hacen desde el satélite hueco más cercano a la Tierra, la Luna. Ellos vienen de allí y han intentado acabar contigo al estar tan cerca de la Verdad Absoluta".

Esta revelación le llenó de valor y coraje, de modo que se dispuso a descubrir la Verdad, al resto del mundo, el ya había pagado el precio del Conocimiento con su particular via crucis para iluminar al mundo, fuera al precio que fuera. Le tildarían de loco, pero no le importaba.

En estos pensamientos andaba metido cuando se sorprendió a sí mismo degustando un delicioso plato de carne recién hecha. Quitaba las escamas y espinas con fruición, pues estas obstaculizaban el manjar. Al fin y al cabo, no se podía comer un buen filete de iguana asada todos los días.





viernes, 20 de julio de 2012

El tren de su pensamiento

A veces me sorprende cómo cierta gente ya no es sólo incapaz de captar sutilezas o indirectas en una conversación, sino que ya no captan siquiera las frases directas. Tengo un juego con Albino que él no conoce, y que consiste en atraparle en una conversación cíclica. En cuanto me doy cuenta de que me estoy repitiendo, enlazo ese punto con el principio de la conversación y seguimos un rato hablando de lo mismo.

Pongo la mente en automático. Es relajante.

- Es increíble que sigamos haciendo lo que hacemos, ¿no?
- Que no se haya perdido nada. Las mismas cervezas, los mismos lugares.
- Tenemos que viajar más. Barcelona es muy bonita, pero yo me voy a Bilbao.
- ¿Qué hay en Bilbao?
- Gente. Boinas.
- La gente cambia mucho. No puedes fiarte de que todo siga siempre igual. Tarde o temprano tiene que cambiar algo, para mejor o para peor.
- Sí, pero divierte. Tanto si es para bien como para lo otro.
- Todos cambiamos, nos hacemos viejos, nos hacemos diferentes.
- Es increíble que sigamos haciendo lo que hacemos, ¿no?

Es como una especie de eterno retorno nietzcheano, privado de serpientes y metafísica, pero con todo el dolor y machotismo estoico del que detiene una bala de cañón con los abdominales. Porque es su trabajo. No puede hacer otra cosa. Es su esencia, su circuito, su raison d'être.

A veces se me escapa algún gesto que no debería estar haciendo, o me detengo y muevo los labios en silencio como esperando que adivine la siguiente frase, la que ha escuchado mil veces, pero nunca lo hace. Me observa de una forma extraña, como un hamstercillo. Piensa que su dueño está loco, y quizá lo esté.

Porque el delito no está en cruzar las vías del tren de su pensamiento, en hacerle girar y girar durante horas por la misma idea, sobre todo si es una idea que le sangra, que le aterroriza o no comprende.

El verdadero delito es girar con él.