viernes, 20 de julio de 2012

El tren de su pensamiento

A veces me sorprende cómo cierta gente ya no es sólo incapaz de captar sutilezas o indirectas en una conversación, sino que ya no captan siquiera las frases directas. Tengo un juego con Albino que él no conoce, y que consiste en atraparle en una conversación cíclica. En cuanto me doy cuenta de que me estoy repitiendo, enlazo ese punto con el principio de la conversación y seguimos un rato hablando de lo mismo.

Pongo la mente en automático. Es relajante.

- Es increíble que sigamos haciendo lo que hacemos, ¿no?
- Que no se haya perdido nada. Las mismas cervezas, los mismos lugares.
- Tenemos que viajar más. Barcelona es muy bonita, pero yo me voy a Bilbao.
- ¿Qué hay en Bilbao?
- Gente. Boinas.
- La gente cambia mucho. No puedes fiarte de que todo siga siempre igual. Tarde o temprano tiene que cambiar algo, para mejor o para peor.
- Sí, pero divierte. Tanto si es para bien como para lo otro.
- Todos cambiamos, nos hacemos viejos, nos hacemos diferentes.
- Es increíble que sigamos haciendo lo que hacemos, ¿no?

Es como una especie de eterno retorno nietzcheano, privado de serpientes y metafísica, pero con todo el dolor y machotismo estoico del que detiene una bala de cañón con los abdominales. Porque es su trabajo. No puede hacer otra cosa. Es su esencia, su circuito, su raison d'être.

A veces se me escapa algún gesto que no debería estar haciendo, o me detengo y muevo los labios en silencio como esperando que adivine la siguiente frase, la que ha escuchado mil veces, pero nunca lo hace. Me observa de una forma extraña, como un hamstercillo. Piensa que su dueño está loco, y quizá lo esté.

Porque el delito no está en cruzar las vías del tren de su pensamiento, en hacerle girar y girar durante horas por la misma idea, sobre todo si es una idea que le sangra, que le aterroriza o no comprende.

El verdadero delito es girar con él.


Interludio 2

Le pedimos al tocadiscos que nos pusiese "Bohemian Rhapsody". El volumen fue subiendo. Nos subimos a la tarima con un grupo de jubiladas y lo interpretamos a capella. Fue divertido. Cuando terminamos, apareció Murphy saliendo del baño, completamente borracho, y se enganchó a una de las chicas.
- ¿Cuántos años tienes, guapa?
- Yo ochenta y cinco, hijo.
Se separó de golpe con un escalofrío.


Carry on, carry on, as if nothing really matters.

viernes, 13 de julio de 2012

Vagabundo en un segundo

Tras un fin de semana con nuestro buen amigo Tortuga y su chica en Elche, en el que lo más raro que pasó fue que me lancé a bañarme en una fuente, en un vano intento de recuperar los años perdidos de mi juventud, la experiencia más dramática a la par que didáctica en este viaje fue, precisamente, al final del mismo.

Me dejaba nuestro ángel de la guarda Moreno el domingo por la mañana en la estación de autobuses de Murcia, con un litro de cerveza y el dinero suficiente para poder pasar un típico día de domingo con la familia en la playa. O al menos, eso creía, pues cual fue mi sorpresa al comprobar que me faltaban sólo 25 céntimos para poder comprar el maldito billete. Mientras intentaba dilucidar la manera de conseguirlos, mirando al suelo, ví que no me quedaba más remedio que pedirlo a algún alma caritativa. Tras pedirlos a mi compañero de banco, un chino que o no me entendía o no quería hacerlo, ví como mi mochila, con el litro dentro, se caía al suelo rompiéndose este e impregnando todo, yo incluido, con un hediondo olor a cerveza caliente. Por si fuera poco me hice varios cortes en los dedos sacando los cristales rotos de la mochila y comencé a sangrar. A partir de ahí, y dado mi aspecto desastrado por el fin de semana fuera de casa, junto a mi tez morena, hicieron el resto para que pareciera un auténtico vagabundo.

Por supuesto, con esas pintas, y a pesar de mi lenguaje educado y correcto, la gente empezó a mirarme mal, cuando les explicaba mi situación, que me faltaban 25 céntimos para poder viajar hasta donde estaba mi familia. Mirándolo bien, sonaba poco creíble mi historia. Lo más que me dijeron fue -Más problemas tengo yo, -dijo gruñendo uno de los viandantes que parecía sacado de una película de Torrente.

Así pude sentir en mi propia piel cual es la situación cotidiana de millones de personas, que son miradas como si fueran auténtica basura, despojos sociales por el simple hecho de tener menos papel y hierro en el bolsillo que el resto de personas. Ese es el punto al que la Humanidad ha llegado, o quizás, del que nunca hemos salido.

Por suerte después de toda la coyuntura, al final pude llamar a un amigo que no vivía demasiado lejos y al explicarle mi situación, por lo que enseguida me ayudó. Esa es la delgada línea que me diferenció en aquel momento a mí, de las muchas personas que sobreviven en la calle: tener una red social de amigos o familiares dispuestos a ayudarte cuando haga falta. Es por eso que, valores como la familia y la amistad deberían ser los más preciados, y los que más deberían cuidarse, por mucho que a menudo, sean subestimados. Porque nunca sabes cuando, en un desafortunado segundo, puedes verte tirado en la calle.