miércoles, 21 de marzo de 2012

Alborenita Roja


Había una vez una cosita blancuzca en un pueblo, la más extraña que jamás se hubiera visto; su madre Chovina estaba tan embobada con ella que hasta le hacía dedillos de cuando en cuando, para que no se le pusiese demasiado hiperactiva, que luego se iba corriendo al monte y volvía tiznada. Su yaya la llamaba Alborenita con los otros niños para reírse de ella en su cara.

Un día Chovina, sabiendo que la vieja estaba enferma, sola en casa y sin dinero, tuvo una idea.

- ¡Tía, tía, tengo una idea! -exclamó a los cuatro vientos. Uno, dos, tres, cuatro.
- ¿No será la de lanzarme más gatos al pecho? -preguntó Alborenita.
- Bueno, tengo dos ideas: vas a coger estas mierdas pinchadas en palos y se las vas a llevar a tu abuela para que las venda y así pueda comprar antibióticos fabricados con plantas de las que se encuentran gratis en el monte.
- ¿Pero eso no creará una burbuja económica que acabe criminalizando la recolección de plantas silvestres?
- Mis libros de autoayuda dicen que no -replicó Chovina.
- Pues nada.

Alborenita salió pegando saltitos y tapándose las narices con el olor a mierda, hasta que entró en un bosque y se encontró un ciervo muerto en el camino.

- ¡Qué bien! ¡Voy a jugar a la salchica en busca de ketchup!
- No me guarrées la cena, niña -dijo el lobo Ralvok.
- Sólo era hasta que nunca he tenido mientras antes, ¿qué?
- ¿Qué?
- ¿Quieres una mierda?
- Por alguna razón estoy pensando en comerme a tu abuela -comprendió el lobo.
- Gracias, vive ahí. Im Nächstem Haus... ¡¡¡ICH GLAUBE!!!!

El lobo cogió el atajo, sintiéndose un poquito violado. Alborenita, ahora roja, se fue por el camino largo señalando cosas porque jugaba a ser un rey anacrónico en una sociedad posinformatizada.

Una vez en la cabaña, el lobo se atusó el bigote, se llenó el pelo de saliva, y se preparó para impersonar su mejor versión dandística de sí mismo. "Una moza es una moza", pensaba el lobo. Pero al abrir la puerta se encontró un adefesio tal que competía en fealdad consigo mismo. El lobo Ralvok se espantó tanto que le gritó a un tipo que pasaba por allí que la matase.

- ¿Y por qué voy a matarla yo? -dijo el tipo.
- Porque así no es delito, soy abogado -dijo el lobo.
- Ah, entonces feliz.

Aún estaba recogiendo los pedazos de la abuela y limpiando la sangre cuando Alborenita se coló en la cabaña y de un salto se metió en la cama de la abuela.

- ¡Es mi hora de la siesta! -dijo Alborenita.
- ¡Pero si aún no me he puesto el disfraz!
- ¡Tu dios no existe y los disfraces son para reprimidos sexuales!
- ¡Boca más grande tienes!
- ¡Es para comerte mejor!

Y se lo comió.






Ah, sí:

FIN

jueves, 15 de marzo de 2012

Vueltas de rojo brillante

Entramos en una discoteca repleta de luces azules y negras que hacían brillar nuestras camisas y los pelos de Albino. Chivone estaba optimista. “Esta noche ligas, Albino, ya vas a ver, le vas a tirar a todas hasta que alguna caiga”. Me rebusqué en los bolsillos y me saqué un condón. Era grande y la funda de color rojo brillante. Albino se lo guardó. Parecía nervioso, no paraba de restregarse unos dedos con otros.

- ¡Esas de allí! ¡Es tu oportunidad!
Chivone señaló a un grupo de chicas en una esquina. Una de ellas estaba un poco apartada y colocando las chaquetas de las otras.
- ¿Y qué les digo?
- ¡Cualquier cosa!

Le pegamos un empujón y fue hacia la chica separada, preparando su triunfal primera impresión.

- ¿Hola? ¿Te gustan las chaquetas?
Ella no escuchó, afortunada.
- ¿Tienes pinta de estudiante?

Se pusieron a hablar de sus carreras y de la universidad. La cosa parecía ir bien, aunque Albino temblaba de nervioso conforme ella se iba acercando a él. Albino metió la mano en el bolsillo y sacó el condón. Empezó a darle vueltas de rojo brillante entre los dedos.

Albino violando a una fotógrafa con la mente- En las universidades deberían poner una sala de siestas -continuó Albino-, como en las guarderías, que si entras por la mañana y tienes que quedarte todo el día haciendo trabajos o prácticas, después de comer apetecen un par de horitas.

La chica se reía, pues creía que Albino estaba bromeando, y sus amigas atrás también se reían, pero porque veían el condón dar vueltas fuera de la línea de visión de ambos.

Al final fue el mismo Albino el que pidió que le invitasen a una copa, y la chica incluso había accedido, pero al separarse y ver el condón entre las manos exclamó “¡Oh, dios!”. Albino seguía con su cara de inocentón nervioso y sonriente porque no sabía lo que se traía entre manos.

¡PLAF!

La bofetada lo tiró al suelo y se oyó hasta fuera. La chica se marchó indignada. Nosotros nos acercamos a ayudarle.

- Quien no llora no mama -dijo.

miércoles, 7 de marzo de 2012

El Hombre Flor II. Pies de cerdo

Lo siguiente que recordaba nuestra bella Margarita Alboreno, después de su primera gesta pública era que se encontraba sentado y aturdido, en un cuarto bastante oscuro, frente a dos policías muy atractivos. Tenía que salir de allí lo antes posible.

-¿Cómo te llamas, colgao?

-Depende...¿cómo quieres que me llame?

-Joder...con la locura que has hecho te vas a tirar bastante tiempo entre la cárcel y el manicomio. ¿Por qué hiciste eso?

-Eh eh un momento. Para el carro. Muchas preguntas. ¿Quiénes sois tú y tu amiguito? y sobre todo...¿dónde está mi abogado? No diré nada sin él delante.

Esa era la primera lección que Alboreno aprendió que debía a decir cuando conoció, en un bar de ambiente, a su buen amigo y abogado, Neethoven. No sabía su verdadero nombre, era el nick que usaban para hablar por internet y cuando quedaban para echar algún que otro caliqueño a oscuras. El misterio de no saber su nombre le ponía cerd@.

-¿Tienes su número?-dijo el agente silencioso

-Necesito internet.-repuso Alb.

-Joder con el colgao este, nos va a dar más quebraderos de cabeza de los que pensábamos. ¡No hay internet, capullo!

-Si que hay. Consíguelo.

Una de las mayores fantasía florero-sexuales de Alb era montárselo en un cuarto oscuro con dos policías cachas y esta parecía una oportunidad inmejorable.

Fue por eso que Albi, convencida de su sex appeal innegable, miró con ojitos de cordero al agente más callado y le acercó la mano a la bragueta para hacerle suyo y recibir lo propio de aquellos Guardianes de la Ley. Por el contrario, recibió en contraprestación una paliza antológica de los policías que hartos de aquel psicokiller, veían que no iban a sacar nada en claro.

Afortunadamente y pese a las heridas, su amigo Neethoven, había visto en televisión la ida de pinza de su amigo telesexual y tirando de algunos contactos del mundo jurídico, llegó hasta la comisaría Central donde estaba recluida la floral princesa.

Cuando llegó y vió el estado físico deplorable en que había quedado su amig@, tirado en un rincón de aquel cuartucho, sólo pudo echarse a llorar.

-¡¿Pero que te han hecho esos salvajes?!http://www.blogger.com/img/blank.gif

-Déjame, no me mires. Estoy bien.

-Voy a joder a esos hijos de puta. Tu tranquilo, de esto me encargo yo.

-Bésame.

Entonces el sensible abogado, compungido, se abrió la cremallera del pantalón y allí mismo, la inexperta y triste flor le practicó una fellatio buccae a modo de honorarios. Ese fue el único momento en que los policías desearon no estar detrás del espejo tintado.

viernes, 2 de marzo de 2012

El Hombre Flor

Como cada mañana, Alboreno, se atusaba los pétalos mientras se miraba somnolienta en el espejo. Tenía 32 años y aunque para ser una florecilla era algo mayor, estaba contenta con su vida. Desde la cocina se desprendía el olor a tortitas y mermelada con que su madre le preparaba, cariñosamente, el desayuno.

Él, como una gatita ronroneante merodeó la cocina en busca de su presa. Aunque era una flor bastante espinosa, estaba dispuesto a encontrar una abeja que finalmente le polinizara. Hasta ahora, por mucho perfume y feromonas, e incluso provocaciones explícitas de las que había hecho gala, otrora, no le había sido posible encontrar a su medio bulbo. Su flor permanecía intacta, lo lógico pues al fin y al cabo, su naturaleza asexual le impedía que alguien le desflorara. Pero nuestra dulce flor no cejaría en su empeño hasta conseguirlo.

Otra noche más tirada a la basura. -pensó.

Junto a los cereales, aprovechando que su madre no miraba, regó el bol con un combinado de zumo de cebada con hidromiel que había fabricado ella misma y le llevó nuevamente al éxtasis. Tras caer al suelo, con sus 122 kilos de tallo, soñaba que tenía lianas, 3 en concreto, y que con ellas podía enredar a quien quisiera y por ende, ser enredado a través de sus enormes poros negros.

Aunque tenía pinta de delincuente callejero o de abertzale retirado, según las opiniones, los vecinos le tenían en estima. Era una flor emprendedora, aunque no había tenido mucha suerte en sus pequeños empleos nocturnos. Nadie entendía las pretensiones de belleza, libertad y surrealismo que embargaban su mente floral.

Quizás fue el objeto de esa incomprensión supina, o quizás el efecto de la nandrolona con el combinado alcohólico-energético el que le llevó a tomar una decisión. -"O cambia el mundo o cambio yo"-pensó. "Qué cojones, yo soy perfecta, debe cambiar el mundo".

Y así fue como, en una bonita mañana soleada, primaveral, nuestra dulce flor cogió la escopeta recortada de su papá Elm y decidió salir a la calle a repartir justicia divina, en nombre de Artemisa.

Veinte minutos más tarde, y con los pétalos blancos manchados por el baño de sangre que había dejado tras de sí, Margarita Alboreno decidió que había hecho suficiente por hoy, estaba cansada, y para acelerar su fotosíntesis, se encendió un cigarrillo mientras tiraba la Escopeta Justiciera al suelo, ante la atónita mirada de los agentes de la Policía Nacional que, indecisos, le apuntaban a la flor de la cabeza.