
Había una vez una cosita blancuzca en un pueblo, la más extraña que jamás se hubiera visto; su madre Chovina estaba tan embobada con ella que hasta le hacía dedillos de cuando en cuando, para que no se le pusiese demasiado hiperactiva, que luego se iba corriendo al monte y volvía tiznada. Su yaya la llamaba Alborenita con los otros niños para reírse de ella en su cara.
Un día Chovina, sabiendo que la vieja estaba enferma, sola en casa y sin dinero, tuvo una idea.
- ¡Tía, tía, tengo una idea! -exclamó a los cuatro vientos. Uno, dos, tres, cuatro.
- ¿No será la de lanzarme más gatos al pecho? -preguntó Alborenita.
- Bueno, tengo dos ideas: vas a coger estas mierdas pinchadas en palos y se las vas a llevar a tu abuela para que las venda y así pueda comprar antibióticos fabricados con plantas de las que se encuentran gratis en el monte.
- ¿Pero eso no creará una burbuja económica que acabe criminalizando la recolección de plantas silvestres?
- Mis libros de autoayuda dicen que no -replicó Chovina.
- Pues nada.
Alborenita salió pegando saltitos y tapándose las narices con el olor a mierda, hasta que entró en un bosque y se encontró un ciervo muerto en el camino.
- ¡Qué bien! ¡Voy a jugar a la salchica en busca de ketchup!
- No me guarrées la cena, niña -dijo el lobo Ralvok.
- Sólo era hasta que nunca he tenido mientras antes, ¿qué?
- ¿Qué?
- ¿Quieres una mierda?
- Por alguna razón estoy pensando en comerme a tu abuela -comprendió el lobo.
- Gracias, vive ahí. Im Nächstem Haus... ¡¡¡ICH GLAUBE!!!!
El lobo cogió el atajo, sintiéndose un poquito violado. Alborenita, ahora roja, se fue por el camino largo señalando cosas porque jugaba a ser un rey anacrónico en una sociedad posinformatizada.
Una vez en la cabaña, el lobo se atusó el bigote, se llenó el pelo de saliva, y se preparó para impersonar su mejor versión dandística de sí mismo. "Una moza es una moza", pensaba el lobo. Pero al abrir la puerta se encontró un adefesio tal que competía en fealdad consigo mismo. El lobo Ralvok se espantó tanto que le gritó a un tipo que pasaba por allí que la matase.
- ¿Y por qué voy a matarla yo? -dijo el tipo.
- Porque así no es delito, soy abogado -dijo el lobo.
- Ah, entonces feliz.
Aún estaba recogiendo los pedazos de la abuela y limpiando la sangre cuando Alborenita se coló en la cabaña y de un salto se metió en la cama de la abuela.
- ¡Es mi hora de la siesta! -dijo Alborenita.
- ¡Pero si aún no me he puesto el disfraz!
- ¡Tu dios no existe y los disfraces son para reprimidos sexuales!
- ¡Boca más grande tienes!
- ¡Es para comerte mejor!
Y se lo comió.
Ah, sí:
FIN
