jueves, 17 de mayo de 2012

Interludio

Ella dijo: “La camisa”. Albino se la quitó despacio. Luego dijo: “La falda”. Dos dedos y cayó al suelo. “Los panties, el sujetador... todo”. Albino se lo quitó todo. “No quiero volver a verte con mi ropa nunca más”. “Sí, mamá”, dijo Albino.





El verano de los despechados

La última vez que acabé despechado me vieron llegar al piso del Chivo con veinte litros de cerveza diciendo: "Esta noche no se va nadie". Nos los bebimos, ligamos a cinco bandas con una pianista vestida de rojo, Murphy se tuvo que despegar de la oreja a un cantante de jazz que le susurraba baladas al oído, Albino se rebautizó a sí mismo con un cubata, el Chivo se hizo cargo de un inmigrante que le vomitó encima a la susodicha de rojo y yo traté de sobornar al portero de la Parissiéne, el local más pijo y refinado de varios kilómetros a la redonda, con un puñado de monedas de céntimo.

La anterior fue la del Bretón, que se vino con el coche a la casa de cada uno dando pitidos y nos metió en un viejo cortijo en pleno campo. Cazamos conejos por lanzamiento de cuchillo, meamos en una cueva de lobos, el Chivo nos salvó de un incendio de barbacoa con el extintor del coche, Murphy se folló un peluche, el Bretón estrelló su coche contra un almendro creyendo que conducía un tanque, bailé la jota en el tejado, estuve a punto de escoñar a alguien con un trozo de techo desprendido y, por último, un baño de Albino en pelotas junto al aljibe mientras los de la grúa intentaban mirar para otro lado.

Ya es una convención social que si una relación acaba, hay que emborracharse y hacer locuras como si no hubiera mañana. Todo porque dicen que el alcohol hace olvidar. Lo malo es que nunca se olvida lo que realmente se quiere olvidar, por mucho que sigas y sigas.

Recuerdo aquella en la que acabé ligando y a las siete de la mañana la dejé para acompañar al Chivo a la universidad, dándole hostias en el muslo y gritándole: "¿¡Por qué no follas!? ¿¡Por qué no follas!? ¡Follar es la polla!". Tuvimos que seguir de fiesta esa noche, en un antro infernal (más de cuarenta grados) jugando al futbolín con unas lesbianas a las que Murphy les tiraba los tejos y bebiendo cerveza de una bota de militar.

- Éstas caen, Bretón, te lo digo yo.
- Les gusta el fútbol más que a mí.
- ¿A que mola?

Le dejaron mirar, pero aunque reconoció que no había sido tan interesante como imaginó al principio, tuvimos que salir por tercera vez de fiesta despechada. "Esta noche a pajas todos", dije, y Murphy se lo tomó a pecho; el Chivo se peleó con uno que tenía la perilla más larga que él y Albino mantuvo una interesante conversación con un espejo que nos tuvo hipnotizados durante hora y media. Por desgracia, ninguno recuerda el tema de la conversación. Aunque todos coincidimos en que fue lo bastante absurda como para estar a punto de romper las leyes de la lógica e implosionar el multiverso.

Desde entonces, le mantenemos alejado de toda superficie reflectante.