Ojo Seco era un chico tímido y miedoso, que siempre respondía a las interpelaciones de sus amigos como si jugara un partido de tenis. Como digo, una de sus mayores cualidades era tener miedo, aunque él no era muy consciente de ello. Miedo a estar sólo, miedo a acabar en la cárcel, miedo a quedarse ciego...e incluso miedo a animales salvajes como las palomas y las tortugas. No hace falta ser muy avispado para darse cuenta de que el tipo en cuestión, era un tanto peculiar.
No obstante O.S tenía buen corazón. Procuraba ser simpático con todo el mundo, alegrarse de las pequeñas cosas que le regalaba la vida y levantarse tras cada caída que sufría. En cualquier caso el chico no era de piedra y los pequeños golpes que le iban dando sus congéneres, y a los que resistía, eran como un incensante y lento goteo que salpicaban, hasta crear una laguna, en el vaso de su paciencia. El agua de ese vaso estaba verde, llena de ira, frustración y deseos de venganza, pero él no quería asumirlo, porque en el fondo, sabía que era buena persona. Sin embargo, también sabía que su resistencia podía acabar algún día saltando, como una bomba de relojería, cuando ante cualquier estímulo, por imprudente que fuese, cortara el cable rojo.
Aún así no deseaba hacer daño a nadie.
Lo que no sabía Ojo Seco -así es como sus amigos le llamaban- era que sólo había una forma de evitar la vorágine de dolor y soledad hacia la que se precipitaba descontroladamente.
Toda su vida había deseado no ser "como los demás", esa mierda de tener la típica y anodina vida corriente, pero contemplaba como con el paso de los años, sus peores presagios se convertían en realidad. Esta tendencia socionegativa y los miedos le atenazaban y lo recalcitraban por dentro.
No obstante, un día, en un instante de soledad, un rayo de luz translució en su nublada mente. O se enfrentaba cara a cara a sus miedos y a todo aquello en lo que odiaba convertirse, o se vería abocado, por el cauce irreductible al que le abocaba su propia vida, a ese destino fatal.
Y entonces, se miró en el espejo.
No obstante O.S tenía buen corazón. Procuraba ser simpático con todo el mundo, alegrarse de las pequeñas cosas que le regalaba la vida y levantarse tras cada caída que sufría. En cualquier caso el chico no era de piedra y los pequeños golpes que le iban dando sus congéneres, y a los que resistía, eran como un incensante y lento goteo que salpicaban, hasta crear una laguna, en el vaso de su paciencia. El agua de ese vaso estaba verde, llena de ira, frustración y deseos de venganza, pero él no quería asumirlo, porque en el fondo, sabía que era buena persona. Sin embargo, también sabía que su resistencia podía acabar algún día saltando, como una bomba de relojería, cuando ante cualquier estímulo, por imprudente que fuese, cortara el cable rojo.
Aún así no deseaba hacer daño a nadie.
Lo que no sabía Ojo Seco -así es como sus amigos le llamaban- era que sólo había una forma de evitar la vorágine de dolor y soledad hacia la que se precipitaba descontroladamente.
Toda su vida había deseado no ser "como los demás", esa mierda de tener la típica y anodina vida corriente, pero contemplaba como con el paso de los años, sus peores presagios se convertían en realidad. Esta tendencia socionegativa y los miedos le atenazaban y lo recalcitraban por dentro.
No obstante, un día, en un instante de soledad, un rayo de luz translució en su nublada mente. O se enfrentaba cara a cara a sus miedos y a todo aquello en lo que odiaba convertirse, o se vería abocado, por el cauce irreductible al que le abocaba su propia vida, a ese destino fatal.
Y entonces, se miró en el espejo.