jueves, 26 de enero de 2012

Para engendrar varones, vamos a la cocina (II)

A la mañana siguiente, la magia había empezado. Sobre el mosto había salido una capa espesa y de color verde. En el interior había como unos hilillos blancos que parecían moverse.

- ¿No te habrás corrido dentro? -le dije a Chivone.
- Da mucho asco.
- Luego lo filtramos.

Lo dejamos reposar un mes. La capa verde se había hecho muy espesa. No teníamos ni filtro para café, así que lo hicimos con un simple colador, muchas veces. Sobre la superficie habían quedado coágulos, como de sangre, pero amarillos. Cuando conseguimos dejarlo medianamente limpio lo metimos al frigorífico.

- En cuanto esté frío nos lo bebemos.
- ¿Aguantará tanto tiempo?
- Es un piso de estudiantes.

Aguantó, porque mientras estábamos esperando a que se enfriase vinieron unas chicas de otra historia que ya contaré, y estuvimos ocupados durante varios días.

Cuando por fin me vi en casa, eché un repaso al libro que había leído sobre la fermentación. No me enteraba mucho: con la resaca que llevaba me pareció entender que la espuma tendría que haber sido gris. Pasé un par de páginas, mareado, y vi las palabras “verde” y “amoníaco” en el mismo párrafo.

- Mierda -dije.

Intenté llamar a Chivone pero no lo cogía, y los demás aún no habían tenido tiempo de pillar el segundo tren.

Cogí el coche y lo puse a 200. Como aún no le he instalado las luces llevaba la ventana bajada y gritaba “¡Emergencia! ¡Emergencia!”. Cuando llegaba al portal me subí a la acera y salí corriendo los tres pisos. Tengo que ponerme en forma. Aporreé la puerta hasta que abrió Chivone. Llevaba un vaso en la mano con un líquido amarillo. Se lo tiré de un manotazo.

- ¡Mi cerveza!

Abrí el frigorífico y saqué la garrafa. Quité el tapón y empecé a tirar el contenido al fregadero.

- ¡Es amoníaco! -grité.
- ¿Pero emborracha?

Y así fue como salvé la vida a mis colegas después de haberles puesto previamente en peligro.

Al volver al coche, tenía multa.

miércoles, 25 de enero de 2012

Para engendrar varones, vamos a la cocina (I)

Todo el mundo sabe que los dioses beben hidromiel y, como aprendimos por una de las películas favoritas de Ralvok, “Los Cazafantasmas” (si lo niega, matadle), cuando uno te pregunta si eres un dios, tienes que responder que sí.

Para Chivone era un experimento económico, de los que tanto le gustan: la posibilidad de escapar al yugo de las multinacionales fabricando nuestra propia bebida alcóholica, una ‘cash cow’ olvidada y una vía de negocio en la que dar rienda suelta a sus lascivias empresariales.

En mi caso, era una forma de ejercer la libertad spinoziana, utilizando las capacidades de mi mente racional para doblegar las leyes de la química y la biología a mi antojo en la elaboración de un constructo que, además, me emborracharía.

Albino es que se apunta a todo.

Una tarde me acerqué por el piso con la misma cantidad de agua que de cerveza, raro en mí. También llevaba miel y globitos de colores. Ralvok y Albino se hacían cosquillas en uno de los sillones. Les lancé un par de latas y me abrí otra.

- ¿Para qué es el agua?
- Para engendrar varones -le respondí-, vamos a la cocina.

Había sacado la receta de un par de foros y la había aliñado con un par de videos demostrativos. Calentar el agua hasta que rompa a hervir, dejar que se enfríe un poco para que no caramelice, añadir la miel y el azúcar y remover. Abrí el frasco de especias de Chivone. La maricona tenía de todo. Eché una pizca de sal, algo de pimienta, nuez moscada, y piñones. “Dicen que ayuda”. Luego saqué la levadura, pero le eché un vistazo antes a la caja.

- Mierda, es química -exclamé-. Ácido tartárico y bicarbonato. ¡Necesitamos bichos!
- ¿Eso significa que no lo podemos hacer?
- Ni hablar. Dame pan, dame vino.

Chivone trajo ambos. Eché un poco de vino y el pan desmigado. Con un poco de suerte pillaríamos algo de sacharomices cerevisae y el cultivo funcionaría. Luego pedí un recipiente grande, a ser posible de vidrio, pero sólo había una garrafa de plástico. “Servirá”.

- Dicen que tomándose una pastilla de estos bichos al día te crecen el pelo y las uñas.
- ¿Me podría crecer a mí? -preguntó Chivone.
- Quién sabe.

Al terminar, Albino pinchó un globito y lo pusimos sobre la garrafa para que el aire pudiese salir pero no entrar. Respiración anaeróbica. Pusimos un poco de la mezcla en el congelador: estaba rico. Ralvok compró más cerveza y nos fuimos de fiesta. Hubo batalla de globos de agua. La garrafa, con el globito pinchado de Albino, se quedó junto a la lavadora esperándonos cual perrito pulgoso.

martes, 24 de enero de 2012

Me lo agradecereis, cabrones.

Hola, en primer lugar quiero dar las gracias a todos los que han hecho posible que este sea el recipiente de ideas donde un peculiar trío de buscavidas murcianovascoandaluz, limpiemos nuestras conciencias, que un poco más sucias que el día anterior pero menos que el siguiente, esconden en el aire sus recuerdos. Me parece una infamia dejar en el olvido estas noches dadaístas en busca de fortuna y borrachera, en las que, una vez más, intentamos conquistar el mundo con un litro en la mano.

Si no fuera por esto, todas las cosas kafkianas, albertianas, peculiares y que nadie creería que nos pasan, se perderían indolentemente. Aquí podréis -intentar- adivinar la personalidad de tres mentes preclaras, que darán mucho que hablar en el futuro. Por eso, estad atentos a las crónicas de sucesos.

En resumen, gracias Internet.